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Formación docente en tiempos de inteligencia artificial: hacia un modelo profesional basado en evidencia

16 de noviembre de 2025

La expansión acelerada de la inteligencia artificial en los sistemas educativos ha puesto en tensión los modelos tradicionales de formación docente. En muy pocos años, el ecosistema escolar ha incorporado asistentes virtuales, plataformas adaptativas de aprendizaje, sistemas de analítica de datos y herramientas de generación automática de contenidos. Para el profesorado, este cambio no es simplemente tecnológico: implica reconfigurar marcos pedagógicos, éticos y organizativos que sustentan su identidad profesional.

En este contexto, la formación inicial y continua de los docentes se convierte en el principal cuello de botella del sistema. La evidencia comparada muestra que los programas de preparación profesional diseñados para un entorno analógico no logran responder con suficiente rapidez a las demandas de actualización en competencias digitales avanzadas, alfabetización en datos y comprensión crítica de los algoritmos que mediatizan la enseñanza. Allí donde la formación se limita a talleres cortos sobre herramientas específicas, los resultados tienden a ser superficiales y poco sostenibles en el tiempo.

Para una comunidad profesional que aspira a sostener prácticas basadas en evidencia, el desafío no pasa por incorporar cualquier recurso de inteligencia artificial disponible, sino por evaluar su contribución real a la mejora de los aprendizajes. Esto exige que los docentes dominen principios básicos de diseño instruccional mediado por datos, comprendan las limitaciones de los modelos de recomendación y puedan interpretar indicadores derivados de la analítica educativa sin caer en determinismos tecnocráticos.

Una primera línea de trabajo ineludible es la redefinición de los perfiles de egreso de la formación inicial. Los programas de profesorado que mantienen un currículo fragmentado entre disciplinas, prácticas escolares y tecnologías como añadido marginal resultan insuficientes. Para formar docentes capaces de integrar la inteligencia artificial de manera crítica, es necesario articular módulos de didáctica específica con componentes de ética digital, protección de datos, sesgos algorítmicos y evaluación formativa apoyada en sistemas inteligentes.

Desde el punto de vista del diseño curricular, esto supone transitar de un enfoque centrado en herramientas a un enfoque centrado en competencias. No se trata de que el futuro docente aprenda a utilizar determinadas plataformas comerciales, sino de que adquiera la capacidad de seleccionar, adaptar y, cuando sea posible, co-diseñar soluciones tecnológicas coherentes con las necesidades de sus estudiantes y con el proyecto institucional. Esta competencia de diseño tecnopedagógico debe estar explícitamente formulada y evaluada en los perfiles de egreso.

Al mismo tiempo, la formación inicial no puede desentenderse de los cambios en la organización del trabajo docente que trae aparejada la inteligencia artificial. La posibilidad de automatizar procesos administrativos y tareas rutinarias abre un espacio para redefinir prioridades profesionales: menos tiempo en la burocracia y más tiempo en la intervención pedagógica directa, la retroalimentación personalizada y el trabajo colaborativo entre docentes. Sin embargo, esto solo ocurrirá si la cultura institucional y los marcos normativos acompañan.

La investigación reciente sobre condiciones de ejercicio profesional muestra que una parte significativa del malestar docente se vincula con la percepción de que las demandas se multiplican sin un correlato en apoyos, tiempos institucionales y desarrollo profesional financiado. Incorporar nuevas tecnologías sin revisar la arquitectura de la jornada laboral, los formatos de coordinación pedagógica y los sistemas de acompañamiento constituye una receta segura para agravar la fatiga y la desafección hacia la profesión.

Por ello, cualquier estrategia de actualización en inteligencia artificial debe estar integrada en un modelo robusto de desarrollo profesional. Los cursos puntuales, desconectados de los problemas reales de la escuela, tienen baja incidencia en la transformación de las prácticas. En cambio, los dispositivos que combinan formación situada en el centro educativo, comunidades profesionales de aprendizaje, mentoría entre pares y acceso continuo a recursos de calidad muestran mejores resultados en términos de apropiación pedagógica de las innovaciones.

Desde la perspectiva de la política pública, esto implica reorientar la inversión hacia trayectorias formativas de mediano y largo plazo, con tiempos protegidos dentro de la jornada laboral para el estudio, la experimentación y la co-planificación. La inteligencia artificial puede aportar herramientas eficaces de diagnóstico de necesidades formativas, seguimiento de progresos y personalización de itinerarios de desarrollo profesional, siempre que estos sistemas se diseñen con una fuerte participación de la profesión docente y no se utilicen como dispositivos de control punitivo.

Una dimensión particularmente sensible es la evaluación del desempeño docente en contextos mediados por inteligencia artificial. Los sistemas que prometen medir la eficacia de la enseñanza a partir de indicadores automáticos corren el riesgo de simplificar en exceso la complejidad del aula y de descontextualizar los resultados de aprendizaje. Un enfoque profesionalmente responsable exige combinar la información generada por la analítica educativa con la observación cualitativa, la autoevaluación docente y la retroalimentación colegiada.

Para lograrlo, los marcos de evaluación deben incorporar estándares que reconozcan las competencias vinculadas al uso pedagógico de tecnologías avanzadas, pero evitando convertirlas en un listado de verificaciones instrumentales. Lo relevante no es si el docente utiliza una u otra plataforma, sino si es capaz de diseñar experiencias de aprendizaje inclusivas, desafiantes y éticamente responsables, apoyadas en las potencialidades de la inteligencia artificial sin delegar en ella el juicio profesional.

En paralelo, la gobernanza de los datos educativos se vuelve un componente insoslayable de la formación docente. La expansión de sistemas de seguimiento individual de trayectorias, registros en tiempo real de participación y productos generados por los estudiantes plantea dilemas complejos en materia de privacidad, consentimiento informado y uso secundario de la información. El profesorado necesita herramientas conceptuales y protocolos claros para proteger a sus estudiantes y, al mismo tiempo, aprovechar la riqueza analítica de esos datos.

Una buena práctica emergente consiste en involucrar a los docentes en la definición de las políticas de datos del centro y en la elaboración de acuerdos pedagógicos con las familias y el alumnado. Cuando la comunidad entiende qué datos se recogen, con qué propósito, cómo se almacenan y quién puede acceder a ellos, se reducen las resistencias y se fortalece la confianza en el uso educativo de la inteligencia artificial. Esta alfabetización en datos debe formar parte explícita de la formación docente y no quedar relegada a especialistas externos.

El lugar de la investigación educativa en este escenario es central. La integración de la inteligencia artificial en la formación docente no puede basarse únicamente en la oferta de mercado o en la presión de la novedad tecnológica. Es necesario sostener programas sistemáticos de investigación aplicada que evalúen el impacto real de distintas aproximaciones en contextos diversos: escuelas rurales, centros urbanos de alta complejidad social, formación técnico-profesional y educación de personas adultas, entre otros.

Cuando las instituciones formadoras se limitan a transmitir resultados de investigaciones ajenas, la distancia entre la teoría y la práctica se amplía. En cambio, cuando los equipos docentes de las universidades y los centros de formación trabajan en estrecha colaboración con las escuelas asociadas, es posible co-diseñar dispositivos de formación en servicio que funcionen simultáneamente como espacios de desarrollo profesional y como laboratorios de innovación evaluada rigurosamente.

En este punto, conviene subrayar que la inteligencia artificial no es un fin en sí mismo, sino un medio para avanzar en los objetivos centrales de la educación: desarrollo integral de las personas, equidad, inclusión y calidad de los aprendizajes. Si la narrativa de la innovación tecnológica se impone sobre la reflexión pedagógica, el riesgo es transformar la formación docente en un catálogo de herramientas desconectadas de una concepción profunda de la enseñanza como práctica ética y socialmente comprometida.

Para evitarlo, los programas de formación inicial y continua han de integrar de manera transversal la reflexión sobre el sentido de la profesión docente en sociedades atravesadas por la automatización y la incertidumbre. ¿Qué significa enseñar cuando buena parte de la información está disponible en sistemas de respuesta automática? ¿Cómo construir autoridad pedagógica en diálogo con asistentes virtuales ubicuos? ¿Qué responsabilidades éticas emergen cuando las decisiones de clasificación, recomendación o predicción se apoyan en algoritmos opacos?

Responder a estas preguntas requiere devolver centralidad a las comunidades profesionales de docentes. Las redes de intercambio entre pares, los colectivos que documentan experiencias y las asociaciones que elaboran marcos de referencia son actores clave para filtrar críticamente la oferta tecnológica y para proponer usos que refuercen la autonomía profesional en lugar de erosionarla. La formación docente orientada a la inteligencia artificial debe reconocer y potenciar estos espacios, no sustituirlos por cursos estandarizados de alcance masivo.

Otra dimensión estratégica es la articulación entre formación docente y liderazgo escolar. Los equipos directivos son quienes, en última instancia, toman decisiones sobre la adopción de plataformas, la organización de los tiempos escolares y las prioridades de desarrollo profesional. Si estos liderazgos no cuentan con formación específica en inteligencia artificial y en gestión del cambio digital, resulta difícil que las innovaciones se consoliden más allá de experiencias aisladas impulsadas por docentes entusiastas.

En consecuencia, los programas de actualización dirigidos a directores y equipos de conducción deberían incluir módulos específicos sobre evaluación de soluciones tecnológicas, negociación con proveedores, sostenibilidad financiera de las inversiones y construcción de una visión pedagógica compartida sobre el lugar de la inteligencia artificial en el proyecto educativo institucional. Solo así será posible alinear las decisiones de gestión con los horizontes de una formación docente basada en evidencia y centrada en el aprendizaje profundo.

Finalmente, la agenda de formación docente en tiempos de inteligencia artificial no puede desentenderse de las brechas estructurales que persisten en los sistemas educativos. Las desigualdades en conectividad, equipamiento y condiciones de trabajo generan una segmentación de oportunidades de actualización profesional que amenaza con profundizar la brecha entre escuelas. Si las políticas de desarrollo profesional se apoyan exclusivamente en dispositivos digitales sin contemplar estas asimetrías, los territorios más vulnerables quedarán rezagados.

Un enfoque genuinamente inclusivo exige combinar estrategias de formación mediadas por tecnología con instancias presenciales, acompañamiento situado y financiamiento específico para los contextos de mayor complejidad. La inteligencia artificial puede contribuir a identificar nudos críticos y a optimizar el uso de los recursos, pero la decisión de priorizar a quienes más lo necesitan sigue siendo una opción política antes que técnica.

La oportunidad que se abre para la profesión docente es significativa. Si la integración de la inteligencia artificial se realiza desde una lógica de colaboración, co-diseño y reflexión crítica, puede convertirse en un vector de renovación profunda de la formación profesional y de las culturas escolares. En cambio, si se impone como una capa tecnológica más, agregada sobre estructuras rígidas y modelos de formación desactualizados, terminará reforzando la sensación de sobrecarga y pérdida de control que muchos docentes ya experimentan.

El momento actual exige, por tanto, decisiones claras: revisar los currículos de formación inicial, rediseñar los dispositivos de desarrollo profesional, fortalecer los vínculos entre instituciones formadoras y escuelas, y consolidar marcos de gobernanza de datos y evaluación que respeten la complejidad del trabajo docente. La inteligencia artificial puede ser una aliada poderosa en este proceso, siempre que se la integre al servicio de un proyecto educativo que coloque en el centro la dignidad profesional del docente y el derecho a una educación de calidad para todos.

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